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6 enero

anniehall @ 21:45

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A veces, por la calle, me asalta el pánico. Me sucede desde que tengo uso de razón. Siento entonces que el mundo a mi alrededor me es hostil y ajeno, y que está lleno de peligros latentes. No se trata de una agorafobia común. Nunca en la vida he tenido miedo a los coches, a los trenes y demás artefactos. En lo más hondo de mi corazón, sencillamente no puedo creer que esos ridículos cacharros de lata puedan ser peligrosos para un ser humano. Ni siquiera la estadística de accidentes diarios logra convencerme de lo contrario. Con ánimo tranquilo, atravieso la calle entre el tráfico más infernal, persuadida de que el verdadero peligro no acecha aquí. Un coche enfurecido se me antoja, cuando mucho, un molesto obstáculo que se cruza en mi camino. A lo que de veras temo es a algo bien distinto: a la sensación de soledad en un mundo humano hostil. Entonces incluso sucumbo a la idea de que por ejemplo el buenazo del estanquero podría transformarse, de buenas a primeras, en un monstruo malévolo (quizá es capaz de hacerlo.)

Me ha sucedido más de una vez que, por este motivo, he dejado de hacer una compra diaria. No me gusta tampoco ir sola al teatro o a una playa concurrida, del cine pienso lo contrario...

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